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Página 1 de 5 Leopoldo García-Colín:
en pro de la ciencia
por M. Teresa de la Selva Monroy En el México de 1960, el conocimiento global que de la labor científica se tenía era como un islote perdido en una inmensa laguna de ignorancia: tenía lugar sólo en el medio académico, muy destacado pero muy escaso en cuanto a número de personas y ocurría en una forma limitada, ya que se concebía el quehacer de un físico como únicamente el concerniente a la física nuclear y de partículas y a la astrofísica, y el de un químico como preponderantemente referido al análisis y síntesis de substancias. La mecánica estadística con sus ramas como la teoría cinética de los gases o la termodinámica irreversible y las ciencias físico-químicas en general eran vistas como un campo poco legítimo para un físico, no digamos sus aplicaciones tecnológicas, y se consideraba que un químico no tenía que ver con ellas. El nulo desarrollo de tantos campos de la ciencia y el raquítico número de científicos se debieron también a que en los medios oficiales y en la sociedad en general, la profesión de científico era desconocida. La nación había olvidado que en los siglos pasados había producido auténticos sabios, y pensaba con ambivalencia en el científico, tanto como persona de mucho poder, con ideas si no desquiciadas, sí lejanas a la realidad cotidiana; como maestro, sapientísimo pero fatalmente pobre.
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