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Página 4 de 7 3) Las instituciones
a) Los orígenes Revisemos ahora como inició el estudio de la física en México. Si nos remontamos a la era precolombina, hay evidencias claras de un notable nivel científico entre nuestros antepasados indígenas quienes, por ejemplo, descubrieron el número cero cinco siglos antes que las culturas europeas y poseían un calendario tan preciso como el gregoriano, doce siglos antes que naciera el Papa Gregorio. Sin embargo, en lo referente a la física, las ideas de las culturas prehispánicas se encuentran más bien implícitas en sus tecnologías de construcción, irrigación, extracción de metales, etc. que expresadas como conceptos teóricos elaborados. Esta situación no mejoró con la llegada de los españoles, quienes se encontraban más interesados en la extracción de minerales que en el impulso de las ciencias en el nuevo mundo. Así, lo que se considera como la más grande aportación del México colonial a la tecnología mundial de la época, el método denominado “de patio”, en que el mineral de las minas se baña en mercurio que, al amalgamarse con la plata, facilita su extracción, fue realizado en Pachuca por un sevillano de nombre Bartolomé de Medína en 1557, dos siglos antes de que se instituyese en México la enseñanza de la Ingeniería, con la fundación del Real Seminario de Minas en 1792. Sin embargo, en lo concerniente a la física, del siglo XVI, sólo queda memoria de aquellos osados europeos cuya obra permite adivinar un dominio considerable de la ciencia y la tecnología de su tiempo. Tal es el caso del alemán Henrich Martín quien, llegado a México en 1589 a la edad de 34 años, realizó las portentosas obras de desagüe de la Ciudad de México y tuvo el cargo de Cosmógrafo Real. Cabe agregar que por esa época la Inquisición imponía serias restricciones sobre el libre pensamiento al prohibir, por ejemplo, la lectura de muchos libros de ciencia. No es de extrañar entonces que el talento mexicano de esa primera etapa de la Colonia apareciera más en las artes, con personajes tan notables como Sor Juana Inés de la Cruz, que en las ciencias, si bien hubo pensadores destacados como don Carlos de Sigüeanza y Góngora (amigo de Sor Juana), astrónomo, matemático, físico, ingeniero, médico y hasta poeta, quien en el siglo XVII especulaba sobre la existencia de sistemas planetarios asociados a estrellas lejanas. Recientemente Elías Trabulse menciona al longevo fraile hidalguense Diego Rodríguez (1569-1668), como otro notable estudioso y profesor de las matemáticas y la astronomía del siglo XVII. Entre los pensadores influyentes un poco posteriores (primera mitad del siglo XVIII) destaca, José Antonio Alzate (pariente lejano de Sor Juana) , investigador y divulgador de las ciencias físicas y matemáticas, quien llegó a ser miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de París, y en cuyo honor se fundaría, en 1884, la Sociedad Científica Antonio Alzate, convertida en 1935 en (la hoy desaparecida) Academia Nacional de Ciencias de México. Un colaborador de Alzate, Don José Ignacio Bartolache, doctor en medicina, astrónomo entusiasta, que también fue distinguido como miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de París, publicó la primera revista científica mexicana en que se incluyeron temas de física: el Mercurio Volante. El antes mencionado Seminario de Minas, en su sede en la calle de Guatemala, fue el germen de institucionalización de la física en México, impartiéndose ahí el primer curso de hidrodinámica de que se tiene registro, por el minero español don Francisco Bataller quien, además escribió el primer libro de texto (hecho en México) para la enseñanza de la física. El primer mexicano en impartir un curso de mecánica newtoniana en el Seminario fue don Antonio León y Gama en 1794. Al poco tiempo, en 1798 se instala el primer laboratorio de física, conteniendo un instrumento para medir la aceleración de la gravedad, un generador electrostático y un telescopio. En 1803 el Seminario fue sede de la visita del barón alemán Alejandro de Humboldt, quien se mostró agradablemente sorprendido del alto nivel y el entusiasmo del personal de la institución, entre quienes había gentes tan notables, como los españoles don Fausto Elhuyar, descubridor (en España) del elemento tungsteno, y don Andrés Manuel del Río quien, habiendo sido condiscípulo de Humboldt en Alemania, ya en México descubrió el elemento vanadio (que el llamó “eritronio”). Por cierto que del Río, también fue honrado como miembro correspondiente en varias instituciones europeas, como la Real Academia de Madrid, la de Ciencias de París y Werneriana de Edimburgo. En 1813 el Seminario de Minas se traslada al Palacio de Minería en la calle de Tacuba. La inestabilidad política que sobreviene a la Independencia parece tener un impacto negativo en el desarrollo de la física del País, pues las únicas noticias que de ese tema trascienden son los cambios de nombre que sufre el Seminario de Minas. En 1833 este pasa a llamarse Escuela de Estudios Mayores en Física y Matemáticas, y en 1867 don Benito Juarez le vuelve a cambiar el nombre al de Escuela de Ingeniería. Cabe recordar que los graves acontecimientos de la época habían tenido como consecuencia la clausura definitiva de la Universidad Nacional y Pontificia en 1865 por parte de Maximilano, en una de las únicas acciones en que hubo acuerdo aparente con gobierno liberal de Juarez, que ya había decretado su clausura en 1861. Cabe agregar que, como parte de un plan de reforma educativa, en 1867 Juarez también funda la Escuela Nacional Preparatoria, donde se dio un resurgimiento del entusiasmo por la física. Evidencia de esto es la publicación, en 1870, del texto introductorio a la física del maestro preparatoriano doctor Ladislao de la Pascua. Otro personaje notable de la época es el doctor Pedro Garza, profesor de física vectorial, y responsable de instalar la primera iluminacion eléctrica en una calle de México (en San Luis Potosí). El renovado interés por las ciencias en el México de fines del siglo XIX también se refleja en la fundación de sociedades científicas como la Benjamín Franklin, en 1878, que seis años después adoptaría el nombre, más nacionalista, de Sociedad Científica Antonio Alzate, y medio siglo más tarde fuese elevada al rango de Sociedad Nacional de Ciencias por decreto presidencial del ingeniero Pascual Ortiz Rubio. Un hecho digno de mencionar para la física mexicana de fines del siglo XIX fue la fundación, en 1878, del Observatorio Astronómico Nacional el cual quedó instalado en Tacubaya, en la Avenida que aún lleva su nombre. Con la llegada del nuevo siglo, la Escuela Nacional Preparatoria se distinguió por el nivel de las clases de matemáticas que ahí impartían notables profesores, como don Sotero Prieto, personaje que jugarían un rol importante en el desarrollo futuro de las ciencias fisico-matemáticas en México. Cuando, en 1910, Porfirio Díaz decreta la apertura de la Universidad Nacional de México integrando la antigua Escuela de Ingeniería a la nueva institución y creando, además, la Escuela de Altos Estudios, donde también se estudiaría física y matemáticas, sin abandonar sus cátedras en la Preparatoria, Prieto se une a Valentín Gama y Joaquín Gallo para impartir los primeros cursos de matemáticas y física de la Universidad. En la primera generacion de alumnos de la nueva universidad encontramos a Alfonso Nápoles Gándara, futuro pilar de las matemáticas en México. Poco después, entre 1912 y 1916 pasa por la Preparatoria, llevando cursos con Sotero Prieto, otro joven llamado Manuel Sandoval Vallarta quién, pasaría a ser el primer físico mexicano reconocido internacionalmente, no sólo por sus conocimientos, sino por sus aportaciones científicas. Sin embargo, tan brillante carrera hubo de continuar en el extranjero, pues la inestabilidad que se vivía por esas fechas en México, resultaba poco propicio para el desenvolvimiento de la ciencia.
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